La primera en recibir a los visitantes no es una guía ni una fotografía. Es la voz de Mercedes Sosa. Apenas se cruza la puerta de la casa donde nació y pasó su infancia, las canciones comienzan a envolver cada ambiente. Suenan mientras el recorrido avanza entre retratos, pinturas de gran formato, objetos, discos y recuerdos que reconstruyen la vida de la artista más universal que dio Tucumán. Hay quienes bajan la voz casi por instinto. Otros se detienen unos segundos frente a las imágenes. Su voz convierte la visita en una experiencia cargada de emoción.

En ese clima aparece uno de los tesoros del museo casa natal Mercedes Sosa. Prolijamente distribuidas sobre una pared aparecen un puñado de postales que la cantora escribió durante sus viajes por el mundo y envió a su familia en Tucumán. No son letras de canciones ni dedicatorias para admiradores. Son mensajes cotidianos, escritos de su puño y letra, que muestran a la mujer detrás del mito.

"El museo no conserva objetos personales de Mercedes. Lo más valioso que preserva es su casa natal. Los discos, las fotografías y las postales que exhibimos fueron donados por familiares y ayudan a reconstruir las distintas etapas de su vida", explica Emiliano Pacífico, guía del espacio.

La casa tiene una historia tan conmovedora como la de su propietaria. Construida hacia 1890 por los abuelos de la artista, Miguel y Mercedes, ambos oriundos de Matará, en Santiago del Estero, fue heredada por Ernesto "Tucho" Sosa, el padre de la cantora. Allí vivió Mercedes hasta los 17 años.

Con el paso del tiempo, la vivienda quedó abandonada y un fuerte temporal, en la década de 1950, provocó gran parte de su destrucción. Durante años permaneció reducida a paredes agrietadas, techos derrumbados y habitaciones invadidas por los escombros. Fotografías exhibidas en el museo muestran aquel estado de abandono que hoy parece difícil de imaginar.

RETAZOS DE MOMENTOS. Las postales y fotos fueron donados por la familia de la artista. LA GACETA/ Foto de Analía Jaramillo.

Recién en 2019 comenzaron las obras de recuperación que permitieron rescatar parte de la estructura original. El museo abrió sus puertas en agosto de 2021, conservando los pisos, algunos marcos de las puertas, sectores de los revoques y la habitación que permaneció habitable durante décadas.

El recorrido respeta la distribución de la antigua casa chorizo y acompaña cronológicamente la vida de Mercedes. La primera sala está dedicada a su infancia y a sus raíces familiares. También recuerda a LV12, la emisora que cambió el rumbo de su historia al abrirle las puertas de la música.

Luego llegan los años en Mendoza, provincia por la que siempre sintió un profundo cariño; el exilio obligado por la persecución política; el regreso con la democracia y la consagración internacional. En la última habitación, convertida hoy en un pequeño microcine, los visitantes pueden detenerse a escuchar nuevamente su voz antes de salir hacia el patio.

Allí, un código QR propone continuar el recorrido de otra manera. Basta escanearlo para acceder a una lista con algunos de los grandes clásicos de Mercedes Sosa. Mientras suenan canciones como Alfonsina y el mar, Todo cambia o Gracias a la vida, la música acompaña el paseo por la galería donde transcurrieron sus primeros años.

Pero son las postales las que obligan a acercarse un poco más.

La tinta ya perdió intensidad y el paso del tiempo volvió difícil la lectura. En algunos sectores, el reflejo del vidrio exige buscar el ángulo justo para descifrar las palabras. Aun así, todavía sobreviven frases que revelan a una Mercedes íntima, muy distinta de la figura imponente que conquistó los escenarios del mundo.

Las tarjetas llegaron desde ciudades como París o San Salvador. Están dirigidas a familiares y amigos de Barrio Jardín, donde vivía buena parte de su familia. En una de ellas escribe: "Desde aquí y pensando en todos los hermosos momentos vividos con ustedes, reciban vos y Adriancito todo mi cariño". Unas líneas más abajo aparece una frase que atraviesa varias de las correspondencias: "Creo que ya los volveré a ver pronto en Tucumán".

En otra postal, enviada a su ahijado desde Francia, expresa: "Todo mi cariño desde este país tan lejano pero tan bello" y envía saludos para toda la familia. Son mensajes sencillos, cargados de afecto, en los que la distancia nunca logra borrar el vínculo con su tierra.

Hay otro detalle que llama la atención. Mientras el mundo la conocía como "La Negra", puertas adentro tenía otro nombre. Sus familiares la llamaban "La Marta", un apodo que aparece en algunas de las firmas y que conserva intacta la cercanía de aquellos intercambios familiares.

Esas pequeñas piezas de correspondencia permiten descubrir a una Mercedes que rara vez aparece en los libros o los documentales. No hablan de conciertos multitudinarios ni de premios internacionales. Hablan de abrazos pendientes, de recuerdos compartidos y del deseo permanente de regresar a Tucumán.

Al finalizar la visita, la voz sigue sonando en cada rincón de la casa. Sin embargo, el recuerdo más persistente suele quedar detrás de un vidrio. Allí, en unas pocas líneas escritas con una caligrafía que el tiempo apenas dejó desdibujar, sobrevive una Mercedes diferente: no la artista que emocionó al mundo con su canto, sino la hija, la madrina y la amiga que, aun recorriendo los escenarios más lejanos, nunca dejó de escribir para decir que extrañaba volver a casa.